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Un Mexicano que se enamoró de Colombia

Aunque Monpirri no lo crea...lol!



DE MEXICO ( Colombia a los ojos de un extranjero)



REPORTAJE

La geografía continental que se extiende desde Tijuana en México hasta Cabo de Hornos en Chile representa la extensión más grande del Planeta Tierra —en distancia y número de países— que comparte la misma lengua: el español. Viajar por miles y miles de kilómetros y poder seguir hablando el mismo idioma es algo fascinante. El concepto no es fácil de entender ni sus virtudes fáciles de encontrar hasta que uno comienza a viajar por Sudamérica; se abre entonces ante nosotros un escenario social nunca antes imaginado, lleno de voluntades y promesas.

Colombia fue el sexto país que visité en América del Sur (el primero fue Argentina, cuatro años antes), pero fue hasta este viaje —desde la primera noche en Bogotá—, que me quedó clara la noción de una identidad latinoamericana, que me quedó claro el motivo implícito por el cual he estado haciendo estos viajes, por qué —a veces inexplicablemente— me gustan tanto, y por qué nadie que no los ha hecho los puede entender o siquiera anhelar como se anhela en México un viaje al viejo continente. La idea de unión entre nuestros países me hace ahora todo el sentido del mundo: aprovechar esta gran coincidencia histórica, social y política que nadie más tiene. La hermandad natural y geográfica es inminente.

Los colombianos demostraron esa noche, comparado con circunstancias similares en otros países latinos, una inocencia muy grande. Vi en ellos alegría, paz, desinterés, sencillez y apertura (claro, todo esto visto desde mis ojos recién llegados de la feroz Ciudad de México). Sus ojos fueron tiernos y más nuevos que los nuestros, observaron con respeto y cariño, sin ganas de hacer daño. Sin saberlo, nos dieron una bienvenida perfecta.

Viajar hacia el sur de nuestro continente es muy especial desde la primera vez, porque, al no haber antecedentes ni clichés de aquellos países, todo representa una sorpresa para el viajero. Conforme pasan los años y el amor por esas tierras sigue creciendo y los viajes nos siguen llamando, aumenta también la comprensión de los motivos por los cuales se exploran lugares como Chiloé, Cuzco o Colonia, o, en este caso, los pueblos y ciudades de una Colombia que observaremos con detenimiento en los próximos días.



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Nuestro primer destino fue Medellín. Ya desde el avión (en un vuelo brevísimo desde Bogotá) se aprecian paisajes andinos que podrían ser alpinos. La primera gran sorpresa de esta geografía: la belleza del paisaje. Las gamas de verdes son vastísimas y los pueblos desde aquí se ven pequeñitos y entrañables, esparcidos entre la cordillera. El camino del aeropuerto a la ciudad continúa sorprendiéndome con la abundancia de verdes, especies de árboles nunca antes vistas, universo visual muy extenso. Descubrir un color nuevo —que nunca hemos visto antes— no pasa todos los días (reflexión sobre la capacidad que tienen nuestros ojos de diferenciar tonalidades tan parecidas y encontrar justo el tono nuevo, al que ya identificamos completamente como otro color, jamás experimentado antes). Aunque no puedo ser absoluto con lo poco que apenas he visto, descubro señales de la gran diversidad y riqueza de esta tierra, de este país.

Desde lejos se observa la ciudad, escondida e inaccesible, situada en un valle que toma por sorpresa al viajero. La llegada al hotel causa una pequeña decepción. El Hotel Nutibara, en el centro de la ciudad, evidentemente tuvo mejores épocas, aunque sigue siendo reconocido como uno de los mejores de Medellín —no sé por qué. Lleva varias décadas funcionando gracias a que las cosas de antes duraban mucho, y a que la mayoría del personal sigue siendo emblemático de aquel entonces.

Salimos a comer y hace calor, hay humedad. El centro sufre la desolación de un domingo por la tarde, pero no sólo eso, la mezcla de basura, suciedad y ambulantaje es decadente. Dos horas buscando sin encontrar nada que nos provocara: regresamos al Nutibara a pedir auxilio. Esmeralda nos mandó al Parque Lleras, una recomendación excepcional. El parque nos gustó desde que lo vimos a lo lejos, es pequeño, de forma irregular, con desniveles, rodeado por restaurantes en sus cuatro lados. Escogimos uno y tuvimos un momento de paz inigualable: sentados al aire libre, con una sensación térmica perfecta, poquísimo viento —el necesario para sentirse libre—, la gente arregladísima y muy guapa. Una plaza en paz, llena de luz (flares and glows); un momento completo, inmejorable.

Se nos ocurrió probar la fidelidad de nuestra memoria tratando de recordar dónde nos encontrábamos en ese mismo día a esa misma hora en los últimos años. Las respuestas fueron rápidas y acertadas. Hace seis años, no tenemos la más remota idea; hace cinco años, durmiendo por accidente en un hotel en Frankfurt en la mejor cama del mundo hotelero; hace cuatro años, llegando a Juchitán, Oaxaca, para la boda de Lucy; hace tres años, cenando sopas gigantes en Budapest; hace dos años, manejando un auto en Lisboa con una lluvia torrencial, y tratando de encontrar hotel; hace un año, cenando en una pizzería de Venecia; hoy, cenando en el Parque Lleras en Medellín, rodeados de gente guapísima.

En los siguientes días estuvimos recorriendo, a través de espesa vegetación y caminos rurales con decenas de haciendas llenas de pórticos al lado del camino, los pueblos que circundan Medellín. A esta región de Colombia se le conoce con el nombre de Antioquia y sus habitantes son llamados paisas. Un buen ejemplo de conservación de la arquitectura y la vida antioqueña es Retiro, con sus balcones en la plaza, las tiendas de muebles de madera y los viejos charlando en los vanos de las puertas. Nuestra visita coincidió con las fiestas patronales, así que nos unimos a su celebración por el resto de la tarde de aquel día. Compramos un sombrero y nos sentamos en la plaza a sentir el paso del tiempo: las plazas de estos lugares aún conservan su función de lugar importante, de reunión, que concentra los sentimientos más valiosos de un pueblo —que son a veces los más tímidos. Algunos mayores usan el sombrero pequeño y la ruana, se reúnen en bares o cafés según la costumbre latina (tantos recuerdos de Portugal) y hablan con un marcado acento que se parece al de los españoles. Un grupo de señoras, sentadas en un balcón del salón del segundo piso de una casa señorial, cosen, y nos observan. Por la noche estábamos de regreso en Medellín.

Al día siguiente hicimos el trayecto a Santa Fe de Antioquia. El viaje comienza al amanecer y el diminuto autobús sube hasta lo más alto de la sierra —a más de 2000 metros— para luego bajar, en un infinito ir y venir de curvas, casi hasta el nivel del mar. El recorrido de tan sólo 79 Km. se prolonga por más de tres horas, pero vale la pena por el paisaje, exuberante como ningún otro, cien por ciento colombiano: palmeras a un lado de pinos a un lado de platanares (cientos de ellos) rodeados de miles de especies más; los colores vivos de las casas, rojo, naranja, verde, todo sobre blanco, y las pequeñas haciendas en las laderas de los cerros; senderos entre ellas con gente despreocupada caminando, cantando, lavando, como si no sintieran el calor; el valle, ahí abajo, despidiendo un vapor blanco y un fuego verde. Las vistas son increíbles: los cerros, por primera vez, son hermosos; la gente no se da cuenta de la riqueza en la que vive. La cantidad de verdes que durante el viaje se pueden percibir a simple vista es difícil de creer, nunca antes experimenté algo así ni me lo imaginaba. Uno llega a Santa Fe, en medio de esa gran vegetación, mareado pero maravillado por el viaje, con un calor insoportable y pegajoso, a descansar en la plaza de armas bajo sombras de árboles que nunca habían reconfortado tanto y cervezas que nunca se habían necesitado así.

Santa Fe es un pueblito pequeño, pintoresco, de colores. Se recorrió lentamente buscando una sombra que pudiera ayudar. Nos sentamos a cada paso a tomar cerveza —la que más nos gusta se llama �guila. Tomé varias fotos y encontramos un lugar para comer que nos gustó mucho, de ahí recordaremos los jugos de mandarina y de maracuyá y la ensalada de col morada con zanahoria. Varios detalles durante esta comida me llevan a sospechar que nos encontramos en una de las regiones más fértiles y con los suelos más ricos del mundo: los sabores de las frutas y las verduras son excepcionalmente naturales; se redescubre todo, como en la creación del mundo. Pensé entonces que había viajado a Colombia sólo a comer frutas, a llenar mis ojos de verde, mi boca de sabores nuevos. Un viaje de colores y sabores.

Por la noche, con ropa limpia y recién bañados, regresamos al Parque Lleras, a la última charla nocturna en Medellín. Llevamos pocos días de viaje y hay ya mucho que decir y anotar en el diario de viaje. Llegamos a nuestras primeras conclusiones de lo que hemos observado, leído, oído y vivido en Colombia. Además de lo turístico, surgen dos temas fuertes y notorios: la visión social y educativa de la política y la respuesta cívica de los ciudadanos. Talvez para ellos no es tan evidente, pero para nosotros lo es: nos regala un ideal para el sistema de vida mexicano.

Mauricio también hace sus anotaciones orales acerca de este viaje, y dice más o menos así: Colombia es un país muy entrañable para mí y nadie puede entenderme eso, no lo podría explicar con palabras. La primera impresión que tengo al estar de nuevo en este país es que me siento como en casa, a Rafa parece que lo vi ayer; siempre he querido compartir esta sensación, que el gusto que yo tengo lo tengas también tú. Todo el mundo tiene una imagen terrible de Colombia —guerrilla, narcotráfico, discriminación racial— pero eso es lo que menos hemos visto. El país lleva 25 años colapsado por una guerra civil mas sin embargo la vida transcurre con naturalidad, espontaneidad y tranquilidad, eso es lo que más me impresiona: no hay secuelas de la guerra, y supongo que tiene que ver con la capacidad del latino de soportar conflictos y humillaciones, que son costumbre desde la conquista, y siempre se adapta, siempre sale adelante, reacciona de una manera muy diferente, muy positiva. Encuentro a la gente mejor que nunca, parece que estamos en cualquier país excepto en Colombia. El recibimiento de los colombianos ha sido increíble, son gente muy respetuosa de tu espacio, de todo. Medellín es cosmopolita sin haber extranjeros y el campo refleja una buena vida, digna.

El último día en Medellín lo aprovechamos para visitar la Plaza Botero, el Museo de Antioquia (el café es delicioso) y el Pueblito Paisa; para hacer algunas compras y comer en un restaurante tradicional. Por la noche, en un avión muy pequeño, nos dirigíamos al siguiente destino: Cartagena de Indias.

Cartagena abraza con el calor de playa que tanto se disfruta al principio, siempre. En el breve recorrido del aeropuerto al hotel se pueden apreciar las dimensiones de la muralla de la Ciudad Antigua. Sus grandes proporciones y su carácter urbano y social. Su presencia y su valor. Imponente.

Entramos a Cartagena por la puerta del reloj. Caminamos y nos dejamos perder por la ciudad, sin rumbo, reconociéndola, saludándola. Terminamos en la Plaza de San Diego tomando cerveza, en el epicentro del Jet Set colombiano, dijo Mauricio. Nos vamos a dormir con un dolor en el pecho, un dolor de alegría, que no cabe, que no deja respirar bien: somos los huéspedes de la ciudad más bella de América (la que lo resume todo).

Despertamos pronto. Dedicamos el día entero a pasear por el Centro Histórico de Cartagena. El emplazamiento de la Plaza Santo Domingo nos cautivó tanto que nos detuvimos ahí un buen rato (se convirtió sin duda en nuestro lugar favorito, pues seguimos visitándola a diario en los siguientes días). Nos sentamos en la plaza bajo una sombra y fuimos parte de ella por un instante en el tiempo, en la historia y en su belleza. Los colores brillaban bajo el sol como pocas veces. Pensé entonces en lo diferente que es este viaje a los que tanto me gustan a lugares fríos (aunque creo que sigo prefiriendo el frío).

No sabemos si la ciudad nos gusta más de día o de noche, pero definitivamente el atardecer es el momento ideal para hacer el largo recorrido sobre las murallas, más de una hora a paso lento y pausado, sintiendo la fresca brisa y la proximidad del Mar Caribe, fuerte, sobre nosotros. Ahí, a unos cuantos pasos, el final de la muralla; justo atrás de ella, el final del mar; justo atrás de él, el final del cielo con la puesta de un sol derretido, rojo y café, en un cálido adiós. Vista esta última caminata en un mapa, sea un mapa de ciudad o del mundo, se verían a dos personas caminando a la orilla del mar, a la orilla de una ciudad, a la orilla de Colombia, del Caribe, de un país, de un continente.

Bajamos de la muralla y nos adentramos en esas calles oscureciéndose. Vemos a la ciudad encenderse para la noche, haciéndose más acogedora de lo que ya es. Visitamos todas las plazas que, dispersas por la trama urbana, también sirven para unirla, y nos sentamos en cada una de ellas a tomar una cerveza, para terminar tomando la última en un bar sobre la Puerta del Mar, en lo alto, desde donde se puede apreciar el sonido de las olas por un lado, y, por el otro, las cúpulas de las iglesias iluminadas de amarillo; y viene entonces un escalofrío y unas ganas de llorar, al saberse en un lugar tan bello, al poder sumar éste a la lista personal de lugares tan apasionantes como Dubrovnik y Praga, como Campeche y Oaxaca, como París y Lisboa.

Sin embargo hay algo superior aquí, una peculiaridad notoria: Cartagena tiene la riqueza y la exuberancia colombiana, no es perfecta pero en su irregularidad radica su gran belleza. Es una ciudad con muchísima vida, a diferencia de otros pueblos que conservan sólo sus fachadas o su traza urbana, pero que son más museos que ciudades. Esto es el Caribe, el trópico, el calor. Cartagena de Indias vive, canta, baila, grita. Cartagena de Indias no es una ciudad sino una forma de vivir. Nos vamos a dormir.

Es el último día del año y el movimiento es constante y dinámico. Todo el mundo está vendiendo: las boutiques, sus diseños locales; los restaurantes, la última comida del año; los hippies, sus creaciones en la calle; los mercados, el ingrediente o la prenda que falta; las tiendas de esquina, la nostalgia que sabe a ron; los costeños, la reventa de lugares para la celebración de esta noche; incluso la vendedora de rosas se presentó más elegante, con traje amarillo, pelo engomado, clavel rojo en la cabeza y tacones de fiesta.

Decidimos pasar la noche de año nuevo en la Plaza de Santo Domingo, plaza única y auténtica. El Botero como testigo. Las orquestas de gala. Los balcones presentes. El olor de fiesta. El movimiento infinito. Estamos rodeados de colores que abrazan el espíritu y garantizan que nada va a salir mal, pase lo que pase. La disposición es tal, la alegría y el orgullo es tal, que más que una festividad del calendario, presenciamos esa noche una celebración a la vida y a la música, a la indudable garantía de tener la existencia en nuestras propias manos.

Vinieron las sonrisas, los innumerables brindis y los bailes; el tiempo que pasaba como testigo, las miradas francas y brillantes, y, finalmente, el minuto de año nuevo y sus abrazos, la felicidad que fácil se encuentra y se prodiga. Comenzamos a caminar entre otras fiestas, entre los restaurantes que llenaron las calles y banquetas de mesas con manteles blancos, sillas y carcajadas; es una fiesta familiar a escala de una ciudad pequeña. Cartagena circular, comprendida y abrazada por las murallas, clama al cielo, despide luz y música, humo y perfume. Tiembla. A un lado del mar, oscuro y atemporal, la ciudad ofrece una fiesta al presente, derrocha alegría, los sentimientos se evaporan y velozmente suben, hasta alcanzar el techo del negro cielo.

Silencio largo. Luz. Sonidos lejanos.

Para ser el primer día del año, después de las fiestas de anoche, la ciudad está impecable. Hay mucho turismo colombiano y eso nos gusta. Se habla español en todos lados y es difícil escuchar otras lenguas: mucho del turismo internacional habla español, es de otro tipo, menos escandaloso, más respetuoso, más educado a la hora de viajar. Aunque son pocos, descubro en ellos algo muy especial; al verlos me viene de inmediato una reflexión: han escogido viajar, han escogido venir aquí, viajeros auténticos; me los imagino de niños, inocentes, casi iguales a otros niños, y trato de imaginarme cómo cambiaron hasta llegar aquí, y cómo cambiarán después de estos días, pues es evidente que algo los ha transformado ya.

Nuestro barrio se llama San Diego y es tranquilo durante el día. A través de los barrotes de madera de las ventanas del hotel se escucha a una vendedora: es grande y voluminosa, camina lenta e indiferentemente, viste de colores vivos, lleva una canasta en la cabeza y va gritando qué frutas trae. Lo hace con el estilo de Cartagena, voz negra y fuerte, pero voz musical; voz lúdica pero cansada, grito diluido pero estremecedor. Las calles rebosan de luz, son ríos de brillo y de color —luminiscencia omnipresente. Caminamos hasta llegar a un parque, otras callecitas más hasta llegar a una plaza, unas calles más hasta llegar al vestíbulo de la ciudad amurallada: el portal de dulces con su plaza irregular, la antesala del micro universo que simboliza este pueblo.

Por la tarde visitamos el barrio de Getsemaní, que conserva reminiscencias de lo que fue una Cartagena más opulenta en mejores épocas, sin embargo lo encontramos lleno de la vida cotidiana (no turística) de esta ciudad. Aún cuando se encuentra frente a las murallas de Cartagena, Getsemaní es como otra ciudad aparte, esto nos da otra perspectiva de la vida en la costa de Colombia, la vida a la sombra de un centro histórico reconocido a nivel mundial. Nos encontramos con la gente sentada en las puertas de sus casas, en las banquetas, en sillas o en mecedoras, dándole vueltas a la manzana en bicicleta; los niños jugando en la calle, comiendo y gritando; bailes populares, ron en vasitos, los parientes o conocidos llegando de Miami. Todo esto nos trajo recuerdos de Cuba, país no visitado todavía; me habló de la gran población negra y mulata que integra a Colombia, cosa que no existe en México, y me habló también de una vida latina, que se ha visto ya en Portugal, España, Italia, Francia, México —sobre todo en los pueblos—, de gente que quiere observar la vida desde su propia perspectiva, que quiere enterarse de todo, hacer sus propios juicios, poder opinar al instante. Esa imagen, de dos o más adultos, sentados en el exterior de una casa o de un café, observando detalladamente todo lo que acontece y hablando de vez en cuando, es la representación perfecta de una vida tranquila, sin estrés, y muy probablemente, feliz. Nos fuimos a dormir aquella noche con la sensación de haber dejado una pequeña parte de nosotros en el recuerdo de aquellos colombianos, que en esa época, habitaban Cartagena.

Todo el día siguiente estuvimos en Barranquilla, a unos cuantos kilómetros de Cartagena. Nos encontramos con Jaime, un chico local muy amable, quien nos dio un recorrido exhaustivo y sumamente detallado de la ciudad. Lo que más recordaré de ese día es el acantilado que detiene al Mar Caribe y el muelle en Puerto Colombia, el tercero más largo del mundo. Alguna vez conocido como el Puerto de Oro de Colombia, fue el puerto más importante de América del Sur, recibiendo y despidiendo a las embarcaciones más grandes de todo el mundo. Hoy se encuentra en desuso.

En un momento de la tarde me quedé solo, fueron apenas unos minutos en los que me encontré en una terraza soleada con mucho viento y frío, observando el atardecer de frente, en un mar furioso y café bajo un cielo rosa. Ese mismo mar, los mismos acantilados, la misma hora, años y siglos atrás: barcos huyendo de estas costas, cargados con los vestidos y las joyas de América; barcos llenos de robos y culpas. Navíos que llevaron consigo lo digno y lo noble de la tierra indígena y que jamás regresaron. Embarcaciones que se hundieron con oro, piratas, mujeres y mapas. Todo eso pasó ahí, como pasó en todas las playas y mares de los litorales del Atlántico americano. Y yo siento que fue apenas ayer.

Por la noche regresamos a Cartagena, exhaustos. El viaje fue largo y lento. Llegamos a dormir, pues a la mañana siguiente nos esperaba una de las travesías más esperadas y misteriosas dentro de este viaje: Mompox.

El viaje a Mompox es muy largo. Ciertas son las advertencias de que si no se planea bien, puede durar todo un día, siendo que se encuentra sólo a 200 Km. de Cartagena. Pocos viajes habíamos realizado como ése —a Mompox—, en los que verdaderamente cuesta trabajo superar las distintas etapas de la travesía: se hace en tres partes, la primera por una carretera muy básica y un poco peligrosa, la segunda en un ferry o en una lancha que cruza el Río Magdalena, y la tercera otra vez por carretera. En total viajamos como siete horas, con un calor insoportable, fastidiados y cansados.

La última parte del trayecto, de Bodega a Mompox, además de que es la más breve y promete ser la última, es muy bella, es un paisaje singular con una vegetación muy peculiar. Nosotros lo recorrimos al atardecer, cuando los rayos del sol se filtraban entre los árboles casi de manera horizontal, creando una luz café con destellos amarillos y un poco de polvo y bruma. Curvas amplias. Carretera rural pero en buen estado. Imágenes míticas. Esperábamos ese momento desde la primera vez que pensamos en viajar a Colombia, meses atrás.

Llegamos a Mompox con los últimos minutos de sol. Las primeras impresiones fueron de un pueblo tierno, con un ligero toque de abandono. Llegamos al hotel y nos bañamos con urgencia (por primera vez en mi vida me bañé con gusto con agua fría). Evidentemente no habíamos comido, así que la cena fue reconfortante. Y luego llegó el momento más esperado de todo el día, poder caminar por Mompox de noche, sin prisa ni calor ni agobios. Reconocerla y entender su importancia histórica y su valor cultural. En esa caminata vimos nacer el recuerdo justo en el momento en que sucedía. Impresionante. Terminamos en un pequeño bar con mesas en plena calle, en un callejón vacío, bien iluminado, con una música que salía de algún lugar y una plática con gusto, de esas que ya se antojan desde antes, en cualquier viaje.

Nos levantamos temprano a la mañana siguiente para ver el pueblo de día, antes de que comenzara el calor. Desayunamos en una panadería y nos subimos en un trici taxi que nos llevó por las seis iglesias de Mompox. Recorrimos los mercados, la Calle Real del Medio, la Plaza Real de la Concepción, la Calle de la Albarrada (a un lado del río) hasta llegar a donde habíamos empezado. El calor se tornó agobiante, así que el gusto de la mañana no nos duró mucho, sin embargo no se perdió el encanto de encontrarnos en uno de esos pueblos que yacen secretos en el mundo; seguí tomando fotos de las ventanas momposinas y de las casas señoriales hasta que llegó el momento de partir.

El regreso a Cartagena mejoró en cuanto a tiempo y experiencia, pero no dejó de ser terrible. Probamos otros medios de transporte, y el último trayecto, de Magangué a Cartagena, lo hicimos en taxi, un viaje de casi cuatro horas (curiosamente íbamos escuchando las poesías de Jaime Sabines grabadas en Bellas Artes) con una ligera llovizna de vez en cuando.

Aunque el día estaba terminando al llegar a Cartagena, el sol todavía quemaba. Nos bañamos al instante y nos preparamos para lo que sería la última noche en esa ciudad inolvidable. Cenamos al aire libre en la Plaza de San Pedro Claver y después recorrimos nuestras calles favoritas con una gran alegría. Hicimos algunas compras y dejamos que la niña de la plaza —hija de la vendedora de rosas— nos tomara una foto instantánea, aún cuando lo hizo de mala gana (le hice una pequeña entrevista, acerca de su mamá, de su cámara y de su joven profesión, pero no mostró ningún interés en responderme alegremente, como yo quería; también le pregunté por Cartagena, y me desilusioné al ver que para ella es algo tan normal que su expresión sigue seria; sin embargo quise mucho a esa niña, me parecía un personaje clave en la abundancia de este pueblo: sin ella, Cartagena no sería la misma). Otros niños, en el otro extremo de la plaza, bailaban y gritaban al ritmo del candombe, a toda velocidad; lo hacían de forma natural y divirtiéndose; la forma en que mueven los cuerpos es nueva para mí. Terminamos, como ya es tradición, en las mesitas de la Plaza de San Diego, tomando cerveza para ir a dormir. Adiós a las cálidas noches, a la comida del mar, a la belleza de las mujeres, a la ciudad española, criolla, mestiza, mulata, negra, hermosa. ¡Cartagena es tan grande!

A la mañana siguiente, las últimas fotos, las últimas compras. Ahí se ve la muralla, al final de esta calle. Será la última vez que la veamos. Muy soleada y calurosa fue la despedida. Antes de ir hacia el aeropuerto volvimos a ver a una de esas mujeres que venden la fruta, bajó la canasta y me ofreció algo, pero no acepté. Era un cinco de enero, caluroso como ningún otro. El color era el azul celeste. Y también el amarillo.

Después de un viaje breve aterrizamos en Bogotá, nos instalamos en el departamento, descansamos un momento y pasó Carlo a visitarnos, a hablar un poco de cómo nos fue. Fuimos a cenar al Parque de la 93, muy lindo, con decoración navideña, hacía un poco de frío. Recorrimos el perímetro del parque observando un restaurante tras otro hasta que escogimos uno con música en vivo. Sufrí del soroche —mal de altura— y tuvimos que irnos, el malestar era muy fuerte.

El día siguiente fue agradable: subimos a Montserrat, un pequeño complejo turístico-religioso en lo alto de un cerro desde donde se ve toda la ciudad. Bogotá es una gran extensión plana a más de 2600 metros sobre el nivel del mar. Flanqueada por una cadena montañosa, tiene un clima torrencial todo el año, esto significa que casi siempre está nublado y llueve muy seguido, hace frío y hay niebla. Por lo mismo la ciudad es muy verde y se caracteriza por edificios construidos con ladrillo rojo aparente. La combinación de todo esto es única, lo cual le da un toque especial a Bogotá, sin hablar de sus habitantes, siempre dispuestos, conscientes y amables.

Nos quedamos en Montserrat a comer, nuestra mesa estaba en el rincón circular de un restaurante blanco de madera con ventanas desde donde se veía todo allá abajo. Rodeados de pinos y vegetación boscosa, disfrutamos de una tradicional comida bogotana, muy diferente a la comida de los lugares que hemos ya visitado dentro de Colombia.

Al bajar visitamos la Quinta Bolívar, que es la casa donde vivió Simón Bolívar durante sus estancias en Bogotá (recuerdos de una Villa Toscana). El jardín es precioso, muy grande y perfectamente cuidado. Ahí recordé que Colombia es famosa en todo el mundo por sus flores. Posteriormente, ya en el Centro Histórico, recorrimos el complejo de museos que engloba al Museo de la Moneda, a la Donación Botero y al de Arte Latinoamericano. Se trata de una casa antigua en el centro de Bogotá que se ha preparado de una forma impecable para albergar las colecciones mencionadas.

Casi de noche, caminamos un poco por el centro hasta la plaza principal, que, como muchas plazas de Latinoamérica, representan la fusión de cuatro estilos, cuatro épocas, simbolizando cada uno en un lado de la plaza. Colonia, Imperio, Independencia, Modernidad. Regresamos al departamento y Carlo volvió a visitarnos nuevamente. Nos acompañó con unas cervezas y luego hicimos de cenar y nos dormimos pronto, creo que por primera vez.

Se nos ocurrió ir al Museo del Oro al día siguiente, un día en que la entrada era gratis. La fila para entrar, de cientos de metros, le daba la vuelta a la manzana, así que desistimos sin pensarlo dos veces. Hicimos un recorrido por el centro, que tiene partes muy entrañables (vagos recuerdos del Perú: la arquitectura andina); visitamos varias iglesias, cafés, tiendas y mercaditos, un centro comercial e incluso presenciamos un desfile militar. Caminamos mucho. También usamos el Transmilenio, que es un sistema de transporte público basado en el principio del tranvía, y Mauricio descubrió contento que habíamos usado, además de ése, casi todos los medios de transporte en Colombia: avión, taxi, auto, bus, buseta, ferry y lancha. Por la noche nos llevó Carlo a cenar al Parque de la 93.

Durante los siguientes dos días hicimos una excursión a Villa de Leyva, pueblo de descanso cercano a Bogotá, en donde se puede vivir una pausa del bullicio de la ciudad, y para nosotros, una pausa dentro del viaje. Después de un largo recorrido en carretera, Villa de Leyva apareció en un gran valle, vestida con los colores de la tierra. Era casi el medio día, no habíamos desayunado y no teníamos hotel, el sol amenazaba y el trayecto nos había quitado las fuerzas. Comenzamos a caminar hacia corazón del pueblo, una sorpresa muy grande nos esperaba.

La primera impresión al ver la plaza de Villa de Leyva fue de mucho asombro. Se nos quitó el hambre y el cansancio. Llegar y entrar en ella fue como dar un paso dentro del tiempo, fue como encontrar una plaza secreta. Es inmensa (sobre todo comparada con el tamaño del pueblo) aunque la escala de sus fachadas es muy humana; la abertura que hace hacia el cielo es magnifica y la irregularidad en su topografía le da un toque de pueblo pequeño. Estas tres características le dan una personalidad de plaza que jamás compartirán las de Salamanca, México o Moscú, las más grandes del mundo.

Desayunamos en la pastelería francesa, exquisito pan y chocolate; un sabor a almendra inundó nuestros sentidos. Poco después encontramos un hotel en donde de inmediato nos bañamos y nos cambiamos de ropa. Éramos otros. Caminamos todo el día por todas las calles del pueblo, nos encontramos con ángulos e imágenes que eran imposibles de fotografiar pero que dejaban observarse y tocarse por el paso del tiempo. Nos encontramos con momentos de luz que se quedaron en la memoria eterna, no en la que se recuerda sino en la que se añora sin saber por qué.

Por la tarde comenzó a llover con fuerza y entonces pensé que ya no faltaba nada más para hacer perfecta la imagen que vivíamos. La lluvia dio el toque exacto al pueblo y a nuestra presencia, el cambio justo que se necesitaba para ver que Villa de Leyva era un ser vivo que nos acogía mansamente.

Visitamos el Hotel del Antiguo Molino de la Mesopotamia, añorable como pocos; un hotel que comienza en el pueblo y acaba en el campo, anfitrión de colores, olores y muros propios; un pequeño mundo dentro de este pequeño pueblo. Comimos asado llanero (del cual nos seguimos acordando a menudo, después de casi un año), una de las mejores comidas de todo este viaje a Colombia, con una salsa recién hecha, inmejorable, sabor a campo. Presenciamos también una boda, esa imagen de la catedral encendida y cantante en medio de la noche, nosotros en el centro de la plaza oscura, medio mojados, medio sucios, con la carga del día sobre nosotros, no invitados pero espectadores más atentos que ninguno, inmortalizando las sensaciones, ver a la novia salir, luego al novio, bajando escalones, subir a un auto, azul cielo con blanco, de los cincuentas, que atravesó despacito toda la plaza pasando a un lado de nosotros, perdiéndose en la noche como si sólo yo lo estuviera viendo.

Villa de Leyva fue para nosotros un cobijo, un resguardo del mundo, de nuestro mundo diario. Fue escondite de nuestras pobrezas y defectos. Ahí fuimos ricos y felices, olvidamos por un momento que viajábamos y que teníamos que regresar a un lugar llamado México. Nos permitió ser auténticos y expresar todo lo que alguien que vive debe sentir, lo más básico, el descanso, la comida, la contemplación, el cariño, el recuerdo, el asombro.

El tiempo nos regala algunos de los momentos más nostálgicos de nuestras vidas cuando, en momentos como ése, en que, sentados en bancas burdas de madera en el perímetro de la plaza más grande de Colombia, escuché canciones que escuchaba con mis amigos varios años antes de siquiera saber que algún día viajaría a otros países. En aquellos instantes en que la música nos tocaba con fuerza en la virginidad del alma, jamás me imaginaba que quince años después iba a escucharla en un pueblo del cual ni siquiera sabía el nombre. Y ahora, con la luna, la nostalgia de ver al pasado (en que no me imaginaba este presente) es única, un sentimiento de los más grandes e inexplicables que existen.

Y terminamos así un día más, de los años que habremos de vivir, sentados en un tronco, recargados en una pared blanca, bajo un pequeño tejado, en una de las cantinas de la Plaza Principal de Villa de Leyva, enorme y húmeda por la lluvia, con charcos, hablando de lo que habría de ser el 2005; compañeros de viaje, marcados por vivencias, entendidos, compartiendo el cansancio y el asombro. Estuvimos muy contentos, bajo esa noche estrellada, cubierta por nubes; una escena de hace más de cien años.

Al día siguiente regresamos por la tarde a Bogotá, en un viaje todavía más largo que el de ida. No hablamos en todo el regreso, veníamos pensando sobre este viaje que llega a su fin, sobre todo lo que hemos visto, comido y apreciado en las últimas semanas. El paisaje de la carretera a Bogotá va cambiando: la incidencia de la luz, la altitud y la latitud, provocan que vea colores nuevos que aún no tenía identificados, variantes muy sutiles de un verde que, por ejemplo, he visto en México en la alfalfa seca. No estoy seguro de que todos tengamos el don de ver un color rápidamente en un viaje en carretera y saber de inmediato si se trata de un color nunca antes visto, o es sólo la iluminación nueva de un color ya conocido. Lo mismo pasa con los olores: en Villa de Leyva descubrí olores de comida cocinada con leña y productos orgánicos que me volvieron loco. Y lo mismo con el gusto. (El tacto y el oído, no explorados en mí, se quedan para alguien que pueda defenderlos y expresarlos con más pasión que yo.)

Los últimos días en Bogotá los pasamos con Rafa y Carlo, haciendo también las compras de última hora, charlando, y desde ya recordando todo lo que había sido este viaje. Fuimos a comer con calma a un restaurante al aire libre, fuimos a las librerías y a un supermercado, y nos seguían llamando la atención todas esas cosas que veíamos y que en México no existen (aunque sería muy fácil implementarlas) que hacen de esta ciudad un ejemplo social, cívico y urbano.

En esos últimos días reforcé las ideas que ya había encontrado a lo largo del viaje. Vi en los colombianos a un grupo de personas que viven hacia dentro de su país, hacia su sociedad. Que aprovechan su condición de latinoamericanos y están orgullosos de ella. Eso es lo que vi, desde que llegamos hasta ésas, las últimas noches en medio de ellos.

El día del regreso despertamos a las cinco de la mañana (nos hicieron una radiografía en el aeropuerto) y a las tres de la tarde ya estaba en casa en México sintiéndome muy triste. Una soledad inesperada embargaba no sólo mi cuerpo y las habitaciones, sino toda la ciudad.



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Al finalizar el viaje vuelvo a decir lo mismo que ya he dicho antes en otras ocasiones: este viaje me cambió la vida, talvez no cambie mi rutina cotidiana de manera profunda, pero sí cambia partes esenciales de cómo entiendo el mundo, sus distancias, sus grupos raciales; de qué pienso y cómo pienso cuando vienen a mi mente recuerdos de América, de otras culturas, de otra historia, otras religiones, otras gastronomías. Los viajes le quitan la cáscara al mundo ante nuestros ojos para que podamos comerlo por dentro y saber, como nadie más, que ya hemos sido parte de ello; nos hacen usar todos nuestros sentidos en una experiencia que nos hace más completos como seres humanos y más agradecidos con la vida.

Una gran cualidad de este viaje, que no habíamos vivido con tal intensidad en experiencias anteriores, fue la del acercamiento real y constante con los personajes locales que nos acompañaron durante todo el recorrido: Rafa y su gran hospitalidad, Anita siempre tan pacífica y perspicaz, la Señora Yolanda del elevador del Nutibara —todos los días con su blusa verde—, las mujeres tan determinantes que servían el desayuno, Esmeralda, tan amable en la recepción, Doña Li y sus calores, Amira de la recepción del Hotel Tres Banderas, Meyo en su mecedora contando aventuras, Jaime y sus papás en la sala con figuritas de cristal —y en la habitación contigua la tienda de ropa—, la Señora Nubia sentada en la sala charlando con nosotros con la pierna cruzada y tacones, Carlos Augusto tan amable y educado, la vendedora de rosas de Cartagena y su hija de seis años que toma Polaroides en la Plaza de Santo Domingo, los amigos de Rafa de Getsemaní y sus reuniones en la calle, Víctor el revendedor, Doña Marly y todas las dueñas de las busetas con sus choferes, las mujeres escotadas de Medellín, los dueños de las tienditas de Villa de Leyva, los mexicanos de Mompox, la gorda con la que bailé la noche de año nuevo, el Botero de las plazas, los hippies con sus puestos, William Rafael tan juicioso, nuestra mesera de año nuevo que tomaba champagne de nuestra botella, en fin.

¿Los recuerdos que siempre tendré presentes? El Hotel El Molino de la Mesopotamia, el pueblo de Villa de Leyva, la historia de Mompox, la vida de Cartagena, el jardín de la Quinta Bolívar en Bogotá, los paisajes de Antioquia, la carretera de Bodega a Mompox, las fotos aéreas de Bogotá a Medellín, la sofisticación del Parque Lleras. Los sabores tan tiernos y reales de toda la comida. Lo imponderable y paradójico que es la riqueza natural de un país tropical.

Cuando se inicia un viaje, sobre todo uno del que no se sabe nada (como éste), se abre una cajita en donde van cayendo todos los primeros recuerdos, las primeras impresiones, la infinidad de fotografías que no son tomadas, las reflexiones no escritas, todas aquellas pequeñeces que ni siquiera llegan a ser algo tangible pues forman parte del proceso invisible de un viaje y del cambio que sufrimos con él. Caen más y más cosas, la cajita se va llenando y acomodando hasta que, al final del viaje, se cierra y nos acompaña durante el resto de nuestra vida. La caja se queda inmóvil dentro de nosotros, como un libro de consulta envidiablemente personal, al cual volvemos constantemente para evocar, releer y concluir algo —a veces, incluso, inconscientemente. Cada viaje tiene su propio y particular registro en forma de caja sentimental, diario de viaje, o como cada quien lo interprete. Vamos acumulando estos volúmenes de información que posteriormente, por ósmosis, van filtrándose en nuestra vida cotidiana y nos dan destellos de personalidad, nos cambian sutilmente.

Qué triste, pero a la vez qué bueno, fue descubrir este viaje en su totalidad hasta que estaba acabando. Nunca me di cuenta en qué momento este viaje comenzó a ser tan sentido, tan querido y profundo en mi corazón. Hoy, ya de regreso en México, descubro que me falta esa paz, esa pequeña escala humana que se vivió en Colombia. Llegar a México fue atroz. Tuve un dolor entre el pecho y el estómago como de una tristeza grande. ¿Qué fue lo que pasó en ese viaje que me enamoró tanto? ¿Por qué no lo sentí sino hasta ahora? Siempre hubo indicios de que no habría crisis post-viaje, pero ya la hay. Y es muy reveladora.

. . .

En el uso del lenguaje, además de ser más precisos, conocedores y veraces que nosotros, los colombianos son discretos y prudentes, a veces incluso llegan a ser tiernos, no gritan ni deforman las palabras. Un colombiano promedio puede hacer con el lenguaje una caricia suave; un latinoamericano promedio, no.

FIN

By Simon on Aug 25, 2008, 19:02 in Solo en Espanol. AddThis Social Bookmark Button


TobyBoy says on Aug 25, 2008, 21:21:

Thank you very much Simon for presenting this important, beautiful and well deserved ode to Colombia.

...But for me, returning home to my USA was even far more painful. How sad it is, that perhaps the price one has to pay to understand the magnificence of Colombia is to have to live in other countries, including the ones that regard themselves as being more developed.

For me, Colombia is like a wildflower, with a sweet fragrance but at the same time mysterious, so mysterious that only a Colombian poet can comprehend it, because only in Colombia, life is lived as a poem. …and I discovered this few years ago whilst living in Paris.
_____________________________________________

Muchas gracias Simón por presentarnos este importante, bello y muy merecido canto a Colombia.

...Pero para mí, regresar a los EEUU fue aun mucho más doloroso. Qué triste es, que quizás el precio que uno tiene que pagar para comprender la magnificencia que es Colombia, es tener que haber vivido en otros países, incluyendo en esos que se consideran ser más desarrollados.

Colombia es para mí, como una flor campestre, con un bouquet dulce pero al mismo tiempo misterioso, tan misterioso que solamente un poeta Colombiano lo puede comprender, porque solamente en Colombia la vida se vive en poema. ...y esto lo descubrí hace unos años viviendo en Paris.

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dwmte7 says on Aug 26, 2008, 05:11:

simon....i hope all that was fantastic...which i'm sure it is'/was, but it's much too long a read for me. anyway, thank you.

douglas

dwmte

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Monpirri says on Aug 26, 2008, 05:25:

Simon, I already know that and hundreds of Colombians all ready know that too. A good example of their love you can see all the novelas and music that they have branded as their own, that's love, we can see that in numerous restaurants that they are opening in towns where some are the most friendly and vulnerable, you can also see their love in all the cement and other vital Colombian products that they have purchased or negotiated on their behalf.
You can see their love also when they stop by here on PBH and start to advertising their best liquor, their best beer and their best food.

The life spam of a taste bud is ten days

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dwmte7 says on Aug 26, 2008, 05:39:

let me be clear here, mon p....was that positive or negative?

dwmte

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CascadeBob says on Aug 26, 2008, 08:27:

Simon, gracias para tu ensayo.

Soy casado con una Mexicana, una norteña, y quiero ir al Colombia y Ecuador, posible para vivir allá, pero mi esposa quieria vivir en Mexico solamente. Gracias para su punto de vista a Colombia desde un Mexicano. Mexico tambien es un pais marvilloso, pero creo Colombia ofrece mas. Creo que las montañas, selvas, playas, menos desarrollado, el gente esta mas tranquilo, hay mas espacio para vivir.

Vamos a visitar Colombia en el proximo año y vamos a ver.

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dwmte7 says on Aug 26, 2008, 08:44:

from one gringo to another bob, and one who knows mexico...was born and raised in california...i moved to colombia 20 years back and never looked back. tell the mrs she'll love it. the hard part for latinos (as) is being away from the family. the same for us. we're in florida now for the education of our youngest and the mrs sufferes mucho being away from the family in medallo. good luck, you'll both love colombia. es minos brusco de mexico.

dwmte

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CascadeBob says on Aug 26, 2008, 09:04:

Thanks dwmte7. One thing I've got going for me is her younger sister just came back from 2-months in Colombia and said it was great, wonderful people, and she could live there.

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dwmte7 says on Aug 26, 2008, 10:45:

cool, bob...go back with the younger sister.....just kidding.

dwmte

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CascadeBob says on Aug 26, 2008, 15:00:

Younger sister is already "gringo'ed up." In fact, he and I are the only gringos in the family (besides, my esposa has more fire).

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Mononoke28 says on Aug 26, 2008, 15:31:

dwmte7 says on Aug 26 (today)
simon....i hope all that was fantastic...which i'm sure it is'/was, but it's much too long a read for me. anyway, thank you.
-----------------------------------------
You read my mind.

Diana

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MaFe says on Aug 28, 2008, 09:22:

Thanks Simon....
"Los colombianos demostraron esa noche, comparado con circunstancias similares en otros países latinos, una inocencia muy grande. Vi en ellos alegría, paz, desinterés, sencillez y apertura (claro, todo esto visto desde mis ojos recién llegados de la feroz Ciudad de México). Sus ojos fueron tiernos y más nuevos que los nuestros, observaron con respeto y cariño, sin ganas de hacer daño. Sin saberlo, nos dieron una bienvenida perfecta"

Que verda no?!

"¿Los recuerdos que siempre tendré presentes? El Hotel El Molino de la Mesopotamia, el pueblo de Villa de Leyva, la historia de Mompox, la vida de Cartagena, el jardín de la Quinta Bolívar en Bogotá, los paisajes de Antioquia, la carretera de Bodega a Mompox, las fotos aéreas de Bogotá a Medellín, la sofisticación del Parque Lleras. Los sabores tan tiernos y reales de toda la comida. Lo imponderable y paradójico que es la riqueza natural de un país tropical."


"En el uso del lenguaje, además de ser más precisos, conocedores y veraces que nosotros, los colombianos son discretos y prudentes, a veces incluso llegan a ser tiernos, no gritan ni deforman las palabras. Un colombiano promedio puede hacer con el lenguaje una caricia suave; un latinoamericano promedio, no."

Very nicely put!
I feel that everyone that goes to Colombia falls in love with Colombia...hard not to!!

"All human actions have one or more of these seven causes: chance, nature, compulsions, habit, reason, passion, desire. "-Aristotle

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